Nick Cave & The Bad Seeds / Dig Lazarus Dig!!! / Por Manuel Pinazo
Aunque hayan pasado cuatro años desde aquella obra maestra llamada Abbatoir Blues/The Lyre Of Orpheus no hemos sentido la ausencia de Nick Cave. El prolífico artista australiano, ha dado rienda suelta a su faceta de guionista, entregado dos bandas sonoras junto a su compañero Warren Ellis, un recopilatorio de caras B o creado un nuevo proyecto, Grinderman, con quienes por cierto ya está preparando un segundo álbum y una gira conjunta a su banda de toda la vida, los Bad Seeds, que resucitan como Lázaro, por obra y gracia de su exultante líder.
Un artista que se encuentra entre los más completos, influyentes e importantes de nuestros días, a pesar de llevar en activo más de tres décadas. Una figura, construida con las facetas que hicieron grandes a Leonard Cohen, Lee Hazzlewood, Johnny Cash, Jim Morrison, Tom Waits o Scott Walker y que ha terminado por convertirse en única e inimitable.
En Dig Lazarus Dig!!!, Cave vuelve a sorprendernos aunque sepamos de antemano con lo que vamos a encontrarnos. Aquí no hay resto de pianos y parajes reposados de antaño, pero continúa fiel a su discurso. Éste vuelve a ser un disco de temáticas entre lo bíblico y lo apocalíptico pero centrado en canciones de rock espontáneo (“Dig, Lazarus, Dig!!!”), bases contagiosas (“Today’s Lesson”), ramalazos garageros (“Lie Down Here (And Be My Girl)”), toques entre el soul (“Moonland”) y el country (“Hold On To Yourself”) o atmósferas angustiosas (“Night Of The Lotus Eaters”).
Una nueva muestra de talento a borbotones y de hiperactividad creativa, que lejos de correr el riesgo de instalarse en el umbral del acomodamiento, continúa en un estado envidiable.
Ocho años llevaban The Cure sin hacer gira por nuestro país, exceptuando su presencia en FIB Heineken los años 2002 y 2005 y en el Xacobeo 2004. Ocho años desde la edición de Bloodflowers, disco que en su día nos vendieron como despedida de la banda de Crawley, pero que lejos de la realidad, nos la devolvió reforzada tras un Dream Tour memorable. Desde entonces algunas cosas han cambiado, hemos asistido a la edición del homónimo The Cure (2004), vivido la reedición de parte de su catálogo, visto la salida del teclista Roger Odonell y el guitarra Perry Bamonte, y el retorno del histórico miembro Porl Thompson o nos hemos intentado acostumbrar a su directo sin teclados.
Pero datos aparte, hay que valorar lo incontestable de la pasión que continúan levantando entre sus todo tipo de seguidores. Da igual que hayan pasado cuatro años desde la edición de su último disco; The Cure están por encima de ello y así lo reflejaron las 15.000 entradas agotadas desde hace meses para su cita en la capital. Muchos se preguntarán cómo es posible. La respuesta es muy sencilla, los de Robert Smith tienen, a pesar de llevar 30 años sobre los escenarios, uno de los directos más contundentes y emocionantes de los que se pueden vivir hoy en día. Un derroche de magia, deja en evidencia a cualquier banda novel de hoy en día, por no hablar de un alto porcentaje de sus contemporáneos. Y así lo demostraron durante tres horas largas de actuación, donde algunos de sus grandes temas se entremezclaron con singles clásicos e imperecederos, momentos oscuros y alguna que otra sorpresa.
Abrieron la noche haciendo un guiño a Disintegration (1989), para muchos su mejor trabajo (“Plainsong”, “Prayers For Rain”) y poco a poco fueron entregándonos canciones entre lo melancólico (“Strange Day”, “To Wish Impossible Things”, “Pictures of You”), el pop pluscuamperfecto (“Friday I’m In Love”, “Hot, hot, hot”, “In between Days”, “Just Like Heaven”,…) o el gesto hacia sus más leales seguidores (“The Blood”, “Push”, “Primary”, “From the Edge of the Deep Green Sea”). Aprovecharon para presentar dos nuevos temas, la pegadiza con reminiscencias a Wish (1992) “Please Proyect” y la introspectiva “A Boy I Never Knew”, más en la línea de su etapa de 1996 a esta parte. Las oscuras “One Hundred Years” y “Disintegration” cerraron la primera parte del concierto.
En el primer bis nos trasladaron a 1980 y su álbum Seventeen Seconds, sumergiéndonos en lo profundo de la noche con la fría “At Night”, la agridulce “M”, la bailable “Play For Today” y cómo no, la mítica “A Forest” con la que volvieron a abandonar el escenario. Su segunda salida fue quizá el momento más memorable de la actuación. Una sucesión de canciones de su etapa 1978-79, que dejaron boquiabierto al personal (“Three Imaginary Boys”, “Fire in Cairo”, “Boys Don’t Cry”, “Jumping Someone Else’s Train”, “Grinding Halt”, “10:15 Saturday Night”, “Killing an Arab”), afterpunk de alto voltaje interpretado enérgicamente por una de las bandas bajo las cuales se creó esa denominación a finales de los 70.
Finalmente, “Why Can’t I Be You?” cerró un concierto excelente, dejando claro la buena forma en la que se encuentra la banda británica y confirmando que su leyenda, lejos de estancarse continúa creciendo día a día.
Nacieron hace treinta años bajo un crisol de influencias de lo más variopinto: desde las cenizas del punk, el toque glam de figuras como Bowie o Marc Bolan y la oscuridad de la Velvet Underground, a los ambientes de Eno, el sonido de bandas como Joy Division, Suicide o Kraftwerk y el expresionismo alemán. Su carrera duró apenas cinco años (1978-1983) en los que se convirtieron en padrinos del movimiento gótico, pero su música reivindicada hasta la saciedad, no se quedaba en la densidad, los pasajes asfixiantes y las letras tétricas. En ella podíamos encontrar ambientes dub, bases funk, pop o interesantes momentos experimentales. Discos como In The Flat Field (1980) y Mask (1981), o canciones como “Bela Lugosi’s Dead”, “Silent Hedges”, “Kick In The Eye”, “She’s In Parties”,… quedarán en nuestra memoria para siempre.
El año 1998 vivió su primera resurrección con un tour mundial que dio como resultado el directo Gotham, pero 2005 volvió a ver cómo el vampiro renacía gracias a Coachella y a una nueva gira que les llevaría por medio mundo y tras la cual, se gestaría este Go Away White, primer disco de la banda de Northampton en 25 años. Un trabajo póstumo, ya que fuertes tensiones durante la grabación, dieron al traste con cualquier tipo de continuidad futura del grupo, pero que han querido publicar, en un guiño hacia sus incondicionales.
Diez canciones grabadas durante dieciocho días en California, en las que la poderosa voz de Peter Murphy permanece inalterable y continúa encajando a la perfección entre las guitarras afiladas de Daniel Ash y la sección rítmica de los hermanos Hawkins. Un trabajo que sin serlo, hace las veces de un grandes éxitos del grupo, ya que recoge las principales facetas que les hicieron grandes. Canciones como “Adrenalin”, “Black Stone Heart”, “Too Much 21st Century”, “International Bullet Proof Talent” o “The Dog’s A Vapour” –única facturada en 1998–, no desentonarán junto al resto de su discografía y harán las delicias de muchos incondicionales nostálgicos porque sin duda, está a la altura. La lástima es haberles perdido para siempre cuando parecía que volvían a estar entre nosotros.
Jens Lekman / NightFalls Over Kortedala / Por Manuel Pinazo
Suecia es una de las cunas del pop por antonomasia y Jens Lekman, su nueva estrella. Este artista de Gottenburgo al que descubrimos en 2004 con su debut When I Said I Wanted to Be Your Dog, es un creador a medio camino entre Stephen Merrit, Morrissey, Calvin Johnson y Neil Hannon. Sus canciones destilan épica, hedonismo, romanticismo y melancolía a partes iguales, algo que continúa presente en su nuevo trabajo, el excelente Night Falls Over Kortedala, una de las sorpresas del pasado 2007 donde el sueco vuelve a dar muestras de su talento.
Un disco luminoso plagado de majestuosos arreglos orquestales, donde timbales, violas, violines, chelos, acordeones, arpas, trompetas, bongos,… construyen doce piezas de pop mayúsculo –en ocasiones excesivo, eso sí– que nace bajo la sombra no sólo de los obvios The Magnetic Fields, Future Bible Heroes, Chet Baker o Belle & Sebastian,… sino también de la música disco, la motown, o los crooners de los años 50.
Night Falls Over Kortedala engancha gracias al dramatismo de la épica “And I Remember Every Kiss”, al torrente melódico de las bailables “Sippin On The Sweet Nectar” y “The Opposite of Hallelujah”, a las delicadas “Your Arms Around Me” y “Shirin”, o a la fragilidad de “It Was A Strange Time In My Life”, que cuenta con la colaboración de la también sueca Sarah Assbring (El Perro Del Mar).
Un álbum adictivo que nos obliga en fijar la mirada en los próximos proyectos de su joven autor.
American Music Club / The Golden Age / Por Manuel Pinazo
Mark Eitzel resucitó a American Music Club en 2004 con la edición del árido Love Songs for Patriots, diez años después de que la banda de San Francisco se separara. Una década en la que el artista norteamericano entregó ocho discos en solitario para todos los gustos, desde el inspirado West (1997) al incomprensible Candy Ass (2005). Ahora llega el turno de volver a reencontrarse con la banda que formó a principios de los 80 en The Golden Age, trabajo que termina con una época de altibajos y consolida el sonido de la banda llegando a un punto de madurez nunca antes conseguido.
Un álbum luminoso y apasionado, que recoge lo sembrado en los magníficos California (1988) o Everclear (1991), hasta ahora cimas de su discografía. Trece cortes de folk rock de altos vuelos, bañados en arreglos majestuosos y melodías descorazonadas en los que las habituales temáticas oscuras de Eitzel, se convierten en reposados y esperanzados pasajes para cantarle a la luna o para susurrar al oído.
Unas canciones que demuestran que el californiano está viviendo su particular edad dorada y aún tiene mucho que contarnos. Así lo demuestran la belleza de “All My Love”, “The Sleeping Beauty” o “Who You Are”, el pop luminoso de “Decibels And The Little Pills”, la emoción de “The John Berchman Victory Choir” o esa declaración de intenciones que es “All The Lost Souls Welcome You To San Francisco”.
En definitiva, uno de los mejores discos de su prolífica carrera.
Veinte años de carrera en solitario son más que suficientes para publicar un grandes éxitos, a pesar de que muchos puedan reprochar a Morrissey, el contar ya con un buen puñado de recopilatorios tanto para el mercado europeo, como para el norteamericano: Bona Drag (1990), World Of Morrissey (1995), Suedehead: The Best Of Morrissey (1997), My Early Bulgary Years (1998) o The Best Of Morrissey (2001).
A pesar de ello, mientras esperamos su nuevo trabajo para finales de año, llega este Greatest Hits, un disco concebido para neófitos, en el que ocho de sus quince cortes (y eso que hay dos inéditos) pertenecen a You Are The Quarry (2004) y Ringleader Of The Tormentors (2006). Un mero ejercicio autoreivindicativo (¿era necesario?) que nos ofrece sus más recientes singles además de recuperar momentos gloriosos de su carrera (“Everyday is like sunday”, “Suedehead”), éxitos pretéritos (“The Last Of The Famous International Playboys”) o alguna muestra de las joyas que plagan su discografía (“The More You Ignore Me, The Closer I Get”), sin olvidar la versión de Patti Smith interpretada en su pasada gira (“Redondo Beach”) o dos nuevos cortes, las solventes “That’s How People Grow Up” y “All You Need Is Me”.
Muchos sustituiríamos al menos seis cortes por canciones como “Sing Your Life”, “November Spawned A Monster”, “My Lovelife”, “Glamorous Glue”, “Billy Bud”, “Alma Matters”,… y así obtendríamos un Greatest Hits hecho a nuestra medida. A pesar de todo no le reprochamos nada, siempre es buen momento para recuperar a nuestro solista favorito y con tenerlo activo y en forma, nos basta y nos sobra.
No fue hasta 2006 cuando llegó el merecido reconocimiento a Cat Power. Sus seis discos publicados hasta la fecha estaban empañados por un sin fin de leyendas sobre excesos, conciertos irregulares y una personalidad insoportable. Pero la redención llegó con la edición del excelente The Greatest y que se vio más asentada si cabe, gracias a una gira incontestable en compañía de la solvente Dirty Delta Blues band formada por Jim White (Dirty Three), Judah Bauer (Jon Spencer Blues Explosion), Gregg Foreman (Delta 72) y Eric Paparozzi (Lizard Muzic).
Dos años después y volviendo a contar con ellos como banda de apoyo, Chan Marshall regresa con Jukebox, segundo álbum de versiones de su carrera tras The Covers Records (2000). Atrás quedó la electricidad de sus comienzos, que con el paso de los años se ha ido diluyendo para convertirse en un festival de sedosas y elegantes piezas que rezuman country, soul, blues y jazz. Es momento de volver a rendir tributo a algunos de sus artistas favoritos y en esta ocasión, con un sonido portentoso propio de una jam session de excepción.
Para abrir boca, nos ofrece una particular deconstrucción del “New York, New York” que en su día popularizó Frank Sinatra, para a continuación adaptar el “Ramblin´ Man” de Hank Williams (aquí “Ramblin´ (Wo)man”) y declararnos su amor descarnado en clave jazz. También se acuerda de los Highwaymen con “Silver Stallion” de Joni Mitchell (“Blue”) o de James Brown (“Lost Someone”), entre otros. Recupera “Aretha, Sing One For Me” (George Jackson) interpretada en su pasada gira o incluye una nueva toma de un tema propio, “Metal Heart” (Moonpix (1998)) al que dota de un mayor dramatismo que en su versión original. Para redondear su particular colección de favoritas, rinde tributo por partida doble a su adorado Dylan, ya sea reivindicando su “I Believe in You” o dedicándole la única canción inédita del disco, la delicada “Song To Bobby”.
Emma Pollock / Watch The Fireworks / Por Manuel Pinazo
Quienes pensamos que The Delgados fueron uno de los grupos más grandes que ha dado Escocia la pasada década, llevábamos esperando con cierta curiosidad el rumbo que iban a tomar las carreras en solitario de sus dos principales cabezas visibles: Alun Woodward y Emma Pollock. Dos años de espera que culminan con la edición de este Watch The Fireworks, con el que la Pollock se adelanta a su ex compañero de banda entregando un trabajo que en cierta forma empieza donde terminaba Universal Audio (2004), una nueva muestra de pop pluscuamperfecto con cierto aire ensoñador y regusto a indiepop americano de los 90.
Para ello, se ha hecho acompañar de otro de sus ex compañeros y actual marido, -el batería Paul Savage-, del bajo de Campbell McNeil (miembro de los también escoceses Aereogramme) y del teclista Jamie Savage y juntos han confeccionado once canciones plagadas de luminosidad donde las melodías espontáneas, los sonidos cristalinos y las piezas con cierto aire melancólico se sitúan entre algún lugar de su propia historia y la de bandas como Belly, Throwing Muses, Juliana Hatfield¸ Breeders,..
Pop de alto voltaje y sin concesiones (“Acid Test”, “Adrenaline”, “You’ll Come Around”), estribillos que no nos cansaremos de tararear (“Paper and Glue”), espacios evocadores (“Limbs”, “Fortune”, “The Optimist”) o medios tiempos arrebatadores (“If Silence Means That Much To You”), que harán que los que echábamos de menos la música de The Delgados, nos sintamos menos desamparados.